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Sri Lanka
 

 

 

Un sendero cualquiera

Una isla llena de tesoros al descubierto, como si, inocente y sin maldad, no se avergonzara de mostrarse ante el mundo tal y como es, a pesar de su pequeñez. A la gran India se les ha escapado una lágrima… que en ningún momento quiere hacerle la competencia pero que parece condenada a admirar y proteger como si fuera su propia hija, bautizada como Sri Lanka. Después de algunos viajes a la querida India, esta vez el dardo ha apuntado un poco más abajo para clavarse en un corazón que late lleno de vida. La naturaleza es salvaje, la de los documentales de la televisión con elefantes en libertad, pero a la vez delicada y afable. Hoy he salido de casa y he seguido un sendero al azar, quizá guiada por este sexto sentido de viajera eternamente curiosa, para descubrir, tan solo unos metros más adelante, un ecosistema de cuento lleno de sencilla belleza. El camino me ha llevado por un paisaje de gran angular, perfilado por suaves extensiones de arrozales a la sombre de palmeras y esbeltos bambúes y regado por frescas acequias. Un universo de tonalidades verdes se abre abría ante mi, habitado por infinitos animales, decenas de especies de pájaros, ardillas, mariposas, ranas… Unos y otros me salían al paso como si quisieran darme la bienvenida a esta mágica isla. El encanto de este paseo en pequeño formato lo han amenizado algunos vecinos y vecinas curiosos ante mis singular presencia… risueños niños en bicicleta, bonitas cingalesas de piel tostada. Todo ello me ha hecho sentir como en casa. El Budismo, región mayoritaria de estas tierras parece manifestarse en cada pequeño detalle impregnado de un mundo interior que se siente, se respira. Como si quisiera ahogar el recuerdo, aun tierno, de tantos y tantos combates y guerras civiles entre cingaleses y tamiles. Y todo ello por conseguir el control de una pequeña lágrima derramada por la madre India.

El ritmo de Nilammbe

El ritmo de Nilammbe es simplemente, el ritmo de la vida...el ritmo que se esconde en cada uno de nosotros, en corazones acorazados y aprisionados por otra clase de ritmo ajeno, en realidad, a nuestra naturaleza. Upul, el monje budista encargado del centro articula la realidad de este paraíso que él define como espacio necesario para la transformación personal. El viajero sediento de experiencias llega a Nilammbe con la mochila pesada y se va, después del debido retiro, ligero de equipaje pero con el corazón pleno. Pleno de las enseñanzas de Upul, que no son otra cosa que aprendizajes conseguidos por la propia experiencia en el profundo sendero de la meditación mindfulness. Cada dia, guiados por el ritmo del gong, los meditadores siguen un programa definido, donde cada actividad tiene un porqué que les guía paso a paso a la conexión espiritual profunda.
Yo llego a Niammbe apenas he pisado la isla ceilandesa y con las palabras de Goenka, el gran reintroductor de la meditación Vipassana, retumbando en mi cabeza. Efectivamente Vipassana ha marcado un antes y un después en mi vida...lo que todavía no sé es que Nilammbe y el Mindfulness van a dar otro giro a mi corta carrera como meditadora...aunque pronto lo averiguaré. En seguida me siento como en casa rodeada de un paraíso natural con banda sonora protagonizada por el croar de las ranas el trinar de pájaros de colores y un sinfín de sonidos más. Vendrán sesiones de sentarse ante este cuadro natural en transformación constante, de escuchar la música natural con plena presencia...otras de lento caminar meditabundo, sesiones de trabajo en el jardín...de silencio pleno, de conexión inmediata. Son las sabias palabras en pali de Budha las que bañan este tránsito de transformación interior, pero es el hombre actual el gran necesitado de la práctica de meditación. En Nilammbe se come despacio, se saborea el alimento, se percibe el matiz de su sabor...se camina lento, se percibe el tiempo...o quizá no, no se percibe.

El viaje son los momentos y las personas

Hay días especiales, que suelen coincidir con el dejarse llevar por el impulso de la intuición, con una actitud abierta ante aquello que nos llega, Con el desviarse de los pasos ya marcados por otros. Es entonces cuando el mundo se nos presenta mágico y maravilloso, y es nuestra la mirada de un niño dispuesto a conocer y gozar el instante. Entonces el viaje se convierte en un recuerdo seguro, asociado a la diferencia del descubrimiento de un tesoro muy valioso.

Todo empieza con un despertar tempranero tras una noche marcada por los mosquitos y el calor. Aquí el tiempo se rige por el ciclo solar, así que hago bien de olvidar los horarios europeos, acostarme pronto para despertarme con los primeros rayos y los inconfundibles sonidos de la melodía ceilandesa: a veces un cuervo, o un mono, y en demasiadas ocasiones el ritmo penetrante y obsesivo de la sirena musical de los repartidores del pan. El desayuno a la ceilandesa, a base de arroz, curry y los deliciosos hoppers, una especie de recipiente hechos con harina de arroz y coco que sirven de base para los huevos fritos, me garantiza la energía para enfrentar la jornada viajera. Una vez en la calle decido llevar la contraria a la mayoría de turistas que deambulan por Mirissa estos calurosos días de febrero y, en vez de dirigirme hacia la playa, camino en dirección contraria, atraída quizá por el blanco luminoso de una estupa elevada sobre una colina de aire mágico.  Como si la espiritualidad me atrajera como un imán y me alejara pretendidamente de lo que no me gusta de las playas del sur del país: el turismo que ha transformado esta costa en un presente de edificaciones impertinentes y ha borrado el pasado de paisajes limpios y simples. La misma historia que se repite en tantos lugares del mundo y que borra las particularidades para convertir las playas en una postal calcada en serie.
Aparco el triste pensamiento porque quizá, como un anhelo de esperanza, desde el otro lado de la calle me mira la montaña con la cúpula que apunta hacia el cielo. Me acerca a la meta una empinada escalera empedrada, escalones que me llevan a una promesa de retiro y silencio. Se ofrece una clase de yoga, precedida de cánticos y meditaciones…me apunto en seguida y disfruto de dos horas de práctica guiada. Seguramente no sea la mejor clase de yoga que he tomado nunca, pero la magia del momento es indescriptible. Salgo de la sesión pletórica y hambrienta. Como el día parece dispuesto a regalarme grandes momentos en seguida, a pie de calle, me encuentro con el paraíso en forma de frutería. Un arsenal de frutos tropicales sabrosos se depila ante mi: Papayas, piñas, maracuyás, lichis y un sinfín de frutos de nombre y sabor desconocidos que se me presentan como los más tentadores frutos del paraíso terrenal.
De camino a la playa entro en otro templo donde un grupo de jóvenes dedica oraciones al Budha mientras le ofrecen frutas y flores. Al terminar, deciden compartir fruta conmigo. Me explican que son pescadores y que ritualmente se acercan al templo cada semana para agradecer al Budha su ayuda. Guardo el momento en la mochila de los buenos recuerdos.
Y el que tenía que ser un baño refrescante acaba convirtiéndose en el escenario de una tormenta tropical…dentro del agua casi ni noto las gotas que caen del cielo…pero una vez fuera la lluvia revoluciona la playa hasta ahora en calma. Y el ambiente sofocante se vuelve fresco y limpio, como si el precioso día quisiera escaparse tras las deliciosas nubes. 

En las playas del sur

Un rincón de playas de infinito silencio…Goyambokkam se esconde como una promesa al fin de uno de los muchos caminos que rompen desde la carretera principal que une Matara con Tangalle. Aquí los días arrancan pronto, con un infinito canto de pájaros que parece compuesto para despertar en consonancia con el ritmo de la madre naturaleza.  Cada rincón toma forma a medida que el sol se levanta tímidamente, pequeños cuadros deliciosos de colores tropicales. Entonces es cuando me doy cuenta que la vida explota en este lugar de manera casi salvaje. No solo en los árboles, las plantas o las flores de mil colores, sino también en todo tipo de animales que encuentran aquí su paraíso inmejorable: iguanas, camaleones, mariposas, pavos reales, cotorras…y un etcera eterno de seres vivos de acento tropical. Y así el camino que me lleva a la playa se llena de la compañía de etas criaturas divinas y me recuerda el profundo respeto que siento por lo natural. De fondo, el respetable trueno del mar sube de volumen a medida que me acerco a la fina arena blanca de la playa. Una vez ante el escenario bellísimo de cocoteros sobre el color plateado del agua y el intenso azul del cielo acentuar al intensidad y fuerza de este lugar tan pequeño y a la vez tan puro. Y descubriré que tras esta playa se esconde otra playa aún más solitaria, y girando el siguiente espigón natural se abrirá otra cala preciosa salpicada por cuatro barcas de pescadores que acaban de volver del mar con las redes cargadas. Pocos sitios me han ofrecido tanto con tanta sencillez…y el mar siempre hará de telón de fondo.  

De Kandy a Haputale

Tienen una belleza serena los pueblos de montaña de Sri Lanka. Atrás quedan los días de calor agobiante y de sueño ligero, de mosquitos y bochorno. Kandy es una ciudad puente, una especie de punto de encuentro de caminos, climas y religiones…un punto y a parte que separa la Sri Lanka a pie de mar de las tierras más altas. El jardín botánico es una carta de presentación de lo que me espera los siguientes días. Bosco lluviosos, selva exuberante…plantas tropicales, flora de alta montaña. No importa el nombre del pueblo, cada uno de ellos tiene su propia belleza y ninguno se entiende por si solo, como si tejieran entre todos el escenario perfecto del viaje perfecto…con sus imperfecciones. Las montañas son muy verdes, con matices impensables del color de la naturaleza. Y muchas veces el verde se rompe de los multiples colores de las casitas de estas villas agrícolas que trepan sin miedo hasta los 2000 metros de altura. Plantaciones de patatas, coles, puerros…y, por supuesto, plantaciones de te, el famoso te de Ceilán que un día, gracias a los ingleses, conquistó las laderas de estas montañas. El clima fresco me traslada, por unos instantes, a tierras más conocidas del viejo continente europeo. Pero no, estoy en Sri Lanka, en una tierra fértil de especies y piedras preciosas, en una isla de mil climas y paisajes, en un país de gente cordial y acogedora. Y es preciosa así.
De todos modos hay sitios que se quedan gravados en la retina con una intensidad especial…intensidad que se dibuja en recuerdos de muchos colores, los que contrastan con el verde fuerte de las plantaciones de té…ahora recuerdo Lipton Seat, esta extensión de té surcada por villas que son pequeños enjambres de vida y que conozco de cerca en la visita de estos minúsculos pueblos de cuento. Nos reciben sus vecinos y vecinas, “tamiles de plantación” les llaman, por su origen tamil que se distingue en su pequeña estatura y el color especialmente oscuro de su piel. Cálidos, nobles y acogedores llenan con su alegría este lugar tan especial donde trabajan duramente a cambio de una vida sencilla. Más allá me espera una caminata entre empinadas terrazas repletas de plantas de te de donde asoman los rostros curtidos pero siempre sonrientes de las recolectoras que ganan el jornal recogiendo las apreciadas hojas. La expresión máxima de la fortaleza de estas gentes.

El Budha bajo el árbol

El silencio y la paz, aquello que precede y sucede la oración tranquila y meditativa de todos los que suben las escaleras para bendecir el árbol de Bodhi bajo el que reposa el Budha sentado. Lo decoran banderillas de colores y honran el Budha flores y jarrones de agua. Un gallo de colores muy vivos pasea bajo el árbol, como si él también fuera consciente de la importancia de venerar el lugar sagrado. Hoy es domingo y son muchas las personas que se acercan a este pequeño espacio del templo de Kandy, el lugar que conserva la reliquia del diente de Budha, para ofrecerle sus cantos y sumirse en un profundo estado meditativo. Es fuerte el silencio como fuerte es la energía que surge de este lugar de culto. Como si tantos y tantas creyentes hubiesen dejado un rastro de vibraciones de paz a su paso. Vibraciones que el árbol de Budha quizá se encarga de acoger y salvaguardar con el mismo respeto que se le profesa. Porque, seguramente sí, todos somos uno y así el universo se hace más cercano y comprensible.

 



Clara Arnedo 
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