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Mapa y territorio
 

 

 

(….) En el mundo de la conciencia hay dos tipos de mapa pero solo hay un tipo de territorio. Un mapa de la conciencia puede ser trazado a priori o a posteriori. Trazar un mapa a priori es sencillo. Basta con hacer un ejercicio de abstracción, de estudio, de análisis. Este es el tipo de mapas que se diseñan a vista de pájaro, y que se concluyen de lecturas cuyo contenido no hemos experimentado directamente pero que creemos entender, porque nos da la oportunidad de evitar adentrarnos en nuestro propio territorio. Este es el tipo de mapas en los que nos educan, y con los que se pervierte la inseparabilidad del mundo y de la conciencia. Yo los llamo mapas repetición o mapas loro, porque acaban por convertirse en un puro eco de verdades encontradas y experimentadas por otros.

Para llegar a ser capaz de diseñar un verdadero mapa de la conciencia es necesario adentrarse en el mismo territorio, lo cual significa abandonar todos los mapas que hemos visto, leido, o creido entender a priori. Esto es lo que los maestros llaman vaciar el tazón, para que el verdadero conocimiento pueda entrar dentro de nosotros, o emerger desde dentro de nosotros, a través de nuestra propia experiencia.

La verdadera y única tarea del territorio es dejarnos absolutamente sin ninguna referencia, de modo que no podamos hacer uso ni de la memoria ni de la imaginación. Quedarse sin referencias significa inevitablemente atravesar una experiencia dolorosa, de soledad, en la que solo nosotros podemos llegar a nuestras propias conclusiones. El dolor que experimentamos en el territorio borra todos los engaños y todos los falsos caminos que trazamos a priori. Quema los juicios. Disuelve las opiniones. Pero sobre todo, nos deja solos, dentro de un desierto vasto e interminable, un desierto que es tanto interior como exterior. Ese desierto puede durar poco o mucho, el tiempo es variable. Depende de los contenidos que proyectemos sobre él. Podemos pasarnos mas de 40 años dando vueltas y vueltas como Israel en su Éxodo, buscando por todas partes dioses y creencias a los que agarrarnos. Pero como la misión del territorio es dejarnos sin creencias, cuanto mas nos agarremos a ellas mas tiempo estaremos en el desierto, y tanto mas dura se hará la soledad.

Un día, cansado de buscar agua donde no la hay, de adorar a falsos dioses, uno se rinde a la evidencia de que está solo. Acepta incondicionalmente su soledad y la imposibilidad de renunciar a ella. Cuando esto sucede, la soledad se muestra como un suelo, como el único suelo que hay, como el verdadero suelo que nos sostiene. Y uno descubre sin saber muy bien como ni por qué, no sólo que puede hacer lo que quiera con este suelo, sino que siempre lo ha hecho. Que siempre ha estado arrojando sobre este suelo todo tipo de cosas, pero que muy bien podría hacer algo diferente. Dejar el suelo como está, o sembrar alguna cosa. Pero para sembrar otra cosa en el suelo es necesario haber limpiado el suelo y haber visto el suelo, ese suelo desnudo que es la soledad.

La experiencia del territorio nos enseña tres cosas: La primera es que la soledad es el suelo. La segunda es que la libertad es la siembra. La tercera es que la libertad, por eso es libertad, se siembra o no. La integración de esta experiencia en la vida puede ayudarnos a diseñar un mapa a posteriori que sea el fruto de nuestro propia experiencia. Este mapa puede expresarse por ejemplo en estas palabras, o de cualquier otra forma. Lo importante es renunciar a la falsa esperanza de irnos moviendo por el mundo con falsos mapas. Mapas repetición o mapas-loro. Pertrecharnos de nuestros propios mapas, fruto de nuestra propia experiencia, sabiendo que ni siquiera ellos pueden salvarnos de la próxima zambullida en el territorio.

El territorio nos reclama siempre. Porque su verdadera finalidad, y esto es mucho adelantar, es hacernos capaces de vivir sin mapas. Ni a priori ni a posteriori. Pero para eso es necesario pasar por el dolor del territorio innumerables veces, y dejarse despojar, como un árbol en otoño. Sin reclamar para nosotros una hoja que antes estaba en nuestras manos. Porque el destino de la hoja es caer y descomponerse en el suelo (la soledad) para que la siembra (la libertad) haga crecer lo que el ser tenga a bien hacer florecer o no en nosotros, desde lo más profundo de nuestros corazones (…..)*

 

 



César Bacale 
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*Texto extraído de un libro en preparación: todos los derechos reservados

 
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