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Dejar de ver el pasado y actualizar la mirada

 

 

Nuestra mente está absorbida por pensamientos del pasado. Cada cosa que vemos, la percibimos con los ojos del pasado, porque lo que vemos cuando miramos algo es lo que aprendimos acerca de esa cosa en nuestras anteriores experiencias, no el objeto en sí.

Sin embargo, no somos conscientes de esto. Y es precisamente esa inconsciencia la causa de que el pasado nos condicione y el futuro se vuelva una repetición de patrones equivocados, que sólo cesará cuando corrijamos nuestra percepción y actualicemos nuestra mirada.

Analicemos, por ejemplo, lo que pasa con nuestros gustos. ¿Cuánto hay de genuino en ellos? ¿Hasta qué punto expresan la mirada con la que hoy contemplamos el mundo? ¿Hasta qué punto los hemos elegido? Creemos que nuestros gustos nos definen, que son nuestra mejor carta de presentación. Sin embargo, también ellos son el resultado de un condicionamiento inconsciente del pasado.

Veámoslo con un poco más de detenimiento. De pequeños teníamos la sensación de ser muy vulnerables: sentíamos que dependíamos del cuidado de nuestros padres, de la aceptación del chico o chica que nos gustaba, del líder de la pandilla... para sobrevivir, para ser reconocidos, para ser alguien... para ser. Por lo tanto, éramos absolutamente sensibles a reconocer qué cosas estaban bien vistas y cuáles no a fin de obtener el beneplácito de determinadas personas, a quienes considerábamos indispensables para nuestra supervivencia.

Por ejemplo, sabíamos que decir que nos gustaba determinado grupo musical generaba unos efectos totalmente distintos a decir que nos gustaba otro. Y sabíamos también que lo que había en juego tras esa afirmación no era nada menor, ya que de ello dependía que se burlaran de nosotros y nos excluyeran, o que nos admiraran y nos otorgaran un lugar de honor. No se trataba, por lo tanto, de un simple gusto musical.

En semejantes condiciones, nuestra expresión no podía ser sincera. En realidad, estábamos reaccionando a lo que vivíamos como una presión del medio. Por eso, más que de "gustos" deberíamos hablar de "reacciones estéticas". Lo importante es que este mecanismo, que en el ejemplo de los grupos musicales no parece acarrear mayores consecuencias, se aplica del mismo modo a las "elecciones" más relevantes de nuestra vida, como nuestra profesión, nuestro modelo de pareja o familia, nuestra relación con el dinero, nuestro manejo del tiempo, etc.

Por supuesto, sobre esas camisetas que nos fuimos poniendo para ganar la aceptación de unos y distinguirnos de otros, nuestro ego se apresuró a construir su falsa identidad y a convencernos de que éramos eso.

El ego es lo contrario del Ser. Pues bien, si el Ser constituye nuestra verdadera identidad (que no es sino el amor, identidad común a todo lo que vive), el ego carece de identidad, dado que precisamente el ego es el sistema de pensamiento que surgió al negar lo que realmente somos. Por eso, para el ego fabricarse una identidad es absolutamente indispensable.

Siendo tal la impronta de desesperación que subyace a nuestros gustos, sería muy ingenuo pretender hallar autenticidad en ellos. De ahí la importancia de que, quienes hemos decidido emprender un camino de crecimiento honesto, llevemos a cabo una revisión de cada una de esas "camisetas" que nos hemos ido poniendo para presentarnos ante los demás, y nos atrevamos a mirar cada cosa con ojos los del presente, libres y ligeros.

La mirada del pasado, de la que queremos liberarnos porque opera en nosotros casi todo el tiempo, es una mirada pesada, cargada de pensamientos de vulnerabilidad, ataque y estrategias de supervivencia que nos impiden ver la realidad tal cual es, y lo que es peor, nos niega el conocimiento de lo que somos.

El cuerpo como soporte de presencia

¿Y cómo puede ayudarnos el Yoga a actualizar nuestra mirada? Desde lo más cercano, lo más tangible, lo más evidente: desde nuestro cuerpo.

El cuerpo siempre está en el presente, atento a recibir la información de lo que está ocurriendo a cada instante para adaptarse a ella (a los cambios de temperatura, a la sequedad del ambiente, a los supuestos peligros que pudieran atentar contra nuestra vida, etc.). Por lo tanto, podemos recurrir a él para entrar en el presente y para saber realmente lo que sentimos, más allá de los condicionamientos externos o de nuestro pasado.

Por ejemplo, si lo escucháramos con atención, el cuerpo podría decirnos que estamos sintiendo un gran enfado, aun cuando nuestra mente quisiera negarlo para preservar determinada imagen de nosotros, incompatible con esa incómoda emoción.

¿Y cuál sería la ventaja de reconocer que estamos sintiendo una emoción incómoda, como el enfado, de la cual nuestra mente podría querer protegernos al negarla? Que llevando sobre ella la luz de la conciencia podríamos actualizar los fundamentos que la han provocado (que sin duda eran ideas acuñadas en el pasado, desde una percepción errónea y limitada del mundo y de nosotros mismos) y cambiarla por las ideas que hoy, conscientemente y a partir de nuestra experiencia presente, aceptamos como verdaderas.

La práctica de asanas, pranayama y meditación nos enseña a dirigir la atención hacia lo que está ocurriendo en el presente, y esto nos coloca, aunque sea por unos instantes, fuera de la cárcel de nuestros hábitos. El mero hecho de haber probado por un momento el sabor de la libertad que implica la actualización de nuestra mirada nos abre al deseo profundo de volver a intentarlo.

He ahí la ayuda inestimable que nos ofrece el Yoga en este gran reto de corregir nuestra percepción.

 

 

Por Lorena Miño
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