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La pasión

 

 

 

 

A mediados de los ochenta me surgieron el mismo día dos ofertas laborales, una en un hospital y otra en una universidad. De bibliotecaria-documentalista. Los dos puestos de trabajo estaban alejados de mi domicilio. Lo que me decidió por el camino por el que opté fue que iba a poder estar más cerca de la realidad. Me pareció que iba a estar más a gusto en un hospital que no en una universidad porque por mi forma de ser me siento más atraída por lo que exige una atención inmediata y se presenta vivamente. Eso no quiere decir que en una universidad no se presenten situaciones de gran apremio, frescura o presencia, como también se presentan absurdos burocráticos y la inercia o “inertitud” en nuestros confines. Pasa una por días en que cree que las elecciones personales son una especie de espejo o espejismo ante el que nos definimos. "Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”, como se decía en La historia interminable.

Lo que hace años me viene acompañando fuera y dentro del hospital es la certeza de que muchas veces los enfermos se sienten más atendidos que comprendidos. No me refiero a la distancia que los profesionales de la sanidad pública o privada, convencional o alternativa, tienen que oponer ante quien padece un trastorno de salud. Estoy pensando en que el malestar y hasta los temores que produce una enfermedad, los ratos de dolor, privaciones, molestias, pueden ser interpretados o juzgados desde fuera de tal manera que se añade desazón. El placer reúne a las personas, el dolor las puede aislar.

En mi entorno hay personas con dolores crónicos, enfermedades psiquiátricas, brotes de agravamiento, dolencias con un diagnóstico desesperanzador, la vejez y su acumulación de achaques. A veces la enfermedad -si es que tal estado existe- aparece después de muchos años de haber tenido una salud en la que ni siquiera habíamos reparado. Y entonces, de repente, se impone todo un panorama de dependencia, fragilidad e incertidumbre, de retos modestos pero abrumadores. Llueven los consejos y las buenas intenciones, y a veces ayudan. Pero lo cierto es que el dolor, si es que sirve para algo, es una puerta donde nos enfrentamos a la realidad intensificada, también a nosotros mismos. Nos exige sacar aliento de lo más auténtico y prescindir de lo que nos sobra.

Era una niña de apenas 7 años cuando me sorprendió un tremendo dolor de oídos, pero no puedo revivirlo, como si aquella niña no fuera yo o yo nunca hubiera sido aquella niña. Me queda algo de recuerdo de un daño indescriptiblemente angustioso, inhumano y agudo, nada más. Lo que percibimos del tormento ajeno, por mucho que lo sintamos, casi no se encarniza en nuestro cuerpo de jota a no ser que haya un gran amor. La palabra “solidaridad” remite a la solidez, a lo que está unido, mientras que la palabra “compasión” nos habla del padecimiento en común. No tanto a “padecer por” como al “padecer con”.

Curiosamente hay personas que no pueden ni acercarse a un sanatorio porque el malestar que les produce la mera noción de “enfermedad”, “hospital” o “medicina”, les pone enfermos. Ese estado de aversión excluye la empatía, no es propiamente compasión o cuando menos no nos sirve para reconfortar a los que padecen. También podríamos hablar de hospitales enfermos, “pero esa es otra historia...”.

Hace poco estuve en una clase de yoga que dirigía una profesora muy joven. Los asanas eran los que yo suelo practicar en casa, pero a un ritmo mucho más apurado y sin pausas. Hace un tiempo que vengo padeciendo por un golpe un dolor en el sacro, indisoluble de mi estado general, que me obliga a hacer mi práctica con mucho cuidado. Y con la edad el cuerpo se vuelve más rígido, podría decir.

Por todo ello estos días me acordé de El corazón del yoga, el libro de Desikachar, donde se tienen en cuenta las debilidades, la discapacidad física y psíquica. Como si el yoga no fuera cuestión de pose.


“¿Qué es más preciso que la precisión? La ilusión.” Marianne Moore


 

 

Marta Domínguez Senra 
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