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Ver, oír, callando

 

 

Hay un libro que la primera vez que se publicó en español en el año 1984 se tituló Aprender a dibujar: un método garantizado. La autora, Betty Edwards, tituló originalmente su libro Drawing on the right side of the brain, nombre que en inglés resuelve de una sola vez lo de que se dibuja con el lado derecho del cerebro y lo de que ese es el lado correcto para dibujar. Dejando de lado que el título en español bien podría ser Dibujando derechamente, pero que chocaría con clichés ideológicos y que además no se entendería, voy a intentar explicar mis experiencias dibujando. No todas.

Lo primero que tendría que hacer es una comparación amorosa, y es que cuando escribo lo suelo hacer de un tirón y de hecho para mí es como algo sagrado preservar el impulso y que todo acabe como de una pieza. Dado que me he pasado media vida escribiendo y leyendo, actividades que en personas como yo no son perniciosas ni ofensivas, tal vez porque estoy tan acostumbrada, para mi escribir es como respirar. Y es raro que rectifique lo que escribo o que titubee. Pero si lo hiciera nadie se enteraría. Por lo menos tal y como está la tecnología en este preciso momento.

Sin embargo, cuando dibujo, conozco aquella sensación vertiginosa de la hoja en blanco y todos los temores a equivocarme, emborronar, manchar, etcétera. Si me equivoco hay que volver a empezar, emplear más material. Mi impericia hace que de todo un estudio de perspectiva lo que mejor me salga sea un interruptor de la luz y si bien todo parece ajustarse al punto de vista y sus reglas, se me da mejor adoptar varios puntos de vista y mis perspectivas mejores son las imposibles. La mayor parte de las veces aprendo de los errores, aunque hago por recordar algunos consejos que me han dado. Me gustó uno de una artista que dibuja en tinta china flores con precisión de dibujo naturalista, Marta Chirino, de que no hay que tener prisa. Y el segundo consejo que más me gusta es que si el dibujo quedó medio bien lo mejor es no insistir, no vaya a ser que lo empeoremos al pretender mejorar un trazo apenas insinuado.

Está claro que hay errores o vacilaciones que los grandes artistas han reconvertido con acierto. Los arrepentimientos (pentimenti) a veces se pueden advertir a simple vista, otras se han descubierto con rayos infrarrojos o rayos X. Para distinguir entre lo que yo sé que son mis aciertos y lo que yo sé que son mis errores e impericias hacía falta no un equipo radiológico al completo sino mucha perspicacia.

Pero el tema que traigo y que no he hecho más que introducir es el de cómo vemos. Tema inagotable donde los haya, hubo y habrá. Ya dijo San Agustín que todo lo que puede ser visto puede ser obra de un engaño. No encuentro la cita en sus Confesiones, que es de donde necesariamente la debo recordar. Encuentro esta otra, referida a su madre: “Ella decía que podía distinguir por un cierto sabor inexplicable con palabras la diferencia que hay entre una revelación tuya y un sueño de su alma.” Y sin embargo, a pesar de tantos espejismos, el sentido de la vista en nuestra civilización es el predominante, hasta el paroxismo. Y es por eso por lo que es muy conveniente una higiene visual y que todos seamos educados en la forma de ver nuestro entorno entendiéndolo e interpretándolo.

La higiene visual más socorrida supongo que es la oscuridad, el sueño. Pero en medio de la noche y del descanso también surgen imágenes y a veces emergen con un gran poder o pueden ser perturbadoras como monstruos, impetuosas como relámpagos o desmedidamente prolijas y maravillosas, inasibles.

Como creo que muchos lectores de Conciencia sin fronteras, he practicado lo que se dan en llamar visualizaciones y el yoga nidra o “sueño profundo”. Conozco personas que no pueden proyectar en esa página en blanco o en esa pantalla negra que se sugiere las imágenes que se proponen en las visualizaciones. Y si oyen “un cielo estrellado” son incapaces de representárselo, por raro que nos parezca. Otras por el contrario tienen una imaginación tan desarrollada que recrean una bóveda celestial con varias galaxias, donde se distingue claramente un cielo azul profundo cargado de constelaciones, un claro de luna, luceros que titilan con singular precisión y hasta una aurora boreal que arroja sombras sobre un cedro de veinticinco años.

Es mi caso lo segundo (varias galaxias, confines de luz antigua, cedro), pero en mi propia experiencia del yoga nidra y de las visualizaciones se ha ido degenerando la práctica y últimamente cuando hago visualizaciones, lo que proyecto es para entendernos postapocalíptico. El cielo estrellado está tapado por una capa espesa de contaminación, el caballo no sabe para donde tirar, la cabañita en la montaña tiene un entorno degradado y se oyen rugir motos o el fragor de una autopista, o pasa un hidroavión para apagar un incendio y la rosa es un engendro descongelado de pena. La playa hiede y las olas empujan restos de plásticos, botellitas amarillentas de lácteos con L-casei y una espuma de color cane che fugge.

A veces pienso que esa capa de porquería que aparece en mis visualizaciones es una capa de la cual me podré desprender algún día, como si fuera una especie de niebla o de contaminación en mi subconsciente. Otras veces pienso que no, que conseguí que imperara la realidad medioambiental en mis visualizaciones y que difícilmente se revertirá para reproducir la naturaleza en sus más hermosas manifestaciones.

Ese estado de mis progresos coincide con el de mis experiencias con el dibujo. Hace un par de años, o menos, empecé a crear una historieta con los pájaros que no vuelan. Hay un dodo, un pingüino, una avestruz, una ñandú, una gallina, un pavo real, un kiwi, un canario y un casuario. Los dodos están extinguidos. Vivieron en la Isla Mauricio. Lewis Carroll incluye un dodo en Alicia en el País de las Maravillas, pero es anticuado y ridículamente pedante en su lenguaje. En mi guión el dodo es viejo pero sabio. Su nombre científico es Rafus cucullatus, por eso lo llamo Rufus. Cuando lo incorporo a una viñeta suele ser un espectro, como los que aparecen en los dramas de Shakespeare con algún muerto desnortado, o Rufus es una estatua en cuya pedestal hay una frase en latín al caso. El pingüino emperador (Aptenodytes Forsteri) se llama Ping y como todos sus congéneres, no puede volar y tiene unos andares muy cómicos –cómicos siempre desde el punto de vista humano, claro- pero puede bucear como pez en el agua, y resistir temperaturas incompatibles con la vida. Así que bien se podría decir aquello del soneto de Quevedo, más conocido por su último verso (“Polvo serán, más polvo enamorado”): “nadar sabe mi llama el agua fría”.

Ping es, por inverosímil que parezca, amigo de Kora el kiwi, neozelandés. Aunque ambos habitan en el hemisferio sur, es difícil que veamos juntos un pingüino y un kiwi. Y no tanto por las latitudes sino porque el kiwi es nocturno. Por si no fuera poco con ser una rara auis, que no vuela, encima no tiene siquiera alas. Apenas un vestigio que no emplearía para excavar ¿Que por qué se le considera un pájaro? Pues mal explicado porque pone huevos y porque alguno de sus antecesores voló.

Todos cuanto vieron mi dibujo del kiwi y el casuario han notado un notable parecido del primero conmigo. Y se me ocurre que debe de ser por la mirada.

 

El casuario se llama Genaro. Según el Libro Guinness de los Récords, los casuarios son los pájaros más peligrosos del mundo. Desde este rincón del mundo afirmo que eso es una estupidez y demuestra aquel refrán por el cual “Lo que Pedro dice de Juan dice más de Pedro que de Juan”. Un casuario fácilmente puede tener una altura de 130-170 cm. Es cierto que tiene un revés potente y que con sus garras, si se siente amenazado, puede eviscerar o bien segar una yugular en un momento.

También la avestruz, considerada el pájaro más grande del mundo, tiene un pronto muy malo. Pero siempre es por cuestiones de huevos y temas que vamos a llamar de cohesión familiar. La avestruz de nuestra historieta se llama Jenny y es etíope. Por el contrario, Ana la ñandú es argentina. El pavo real, Paco, es retrosexual y suscita situaciones muy comprometidas para ambas, que no están interesadas en él ni lo estarán. Y no solo por cuestiones de su envergadura. Jenny es una avestruz 10 hiperactiva, con infinidad de actividades (danza africana, yoga, dos voluntariados, el inglés, sus huevos). Ana espera algo mejor y como se dice vulgarmente no da un palo al agua. Son actitudes diferentes ante el mismo problema, el exceso de oportunidades.

 

El pavo real puede volar algo, como vuela algo la gallina (Fermina), que sale como en propulsión si recibe un susto o la alarma un ataque a sus pollos. A Fermina la galanteó una vez Paco pero era patética la certeza de que ya lo había intentado antes y sin éxito con las otras hembras del cuento. Fermina es una gallina de mediana edad, centrada en la maternidad y con sobrepeso. Trini, que es un canario que recobró la libertad pero que apenas vuela, se le ha enganchado porque se piensa que es algo así como su madre. De hecho hay quien confunde a Trini con un pollito. Fermina tiene amor para todos, no es pretenciosa y le gusta el vino tinto.

Si bien los caracteres y los nombres de mis pájaros fueron una tarea rodada, pronto asumí todo el dolor del reino animal y en vez de enderezarlo y, qué sé yo, hacer algo como lo de Brigitte Bardot con las focas, me quedé vacía de historias. De manera que por no dejar el cuento parado opté por una viñeta que me permitiera mantener en suspenso el relato. Y eso fue recurrir al arca de Noé mítica. A pesar de que la original, del Génesis, está marcada por las parejas de cada especie animal, la mía tenía que ser la propia de la historieta. Se ve a un lado el espectro del dodo Rufus y al fondo el arca. Al lado derecho están Kora y Genaro, Paco, Ping, Jenny, Ana, Fermina y Trini, que difícilmente podrán perpetuar sus especies. Por añadir un elemento esperanzador en la última viñeta que dibujé, Jenny pregunta al dodo si se puede llevar su huevo y el barco se llama “The boat of love”, como el de “Vacaciones en el mar”, en el que se formaban muchas relaciones.

Igual que espero que mis malogradas visualizaciones se limpien de contenidos postapocalípticos también espero y sé que algún día mis raras aves volverán. Y sabré que han vuelto porque las veré.

 

Marta Domínguez Senra 
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