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El arte de la acción

 

 





"Entra la luz y asciendo torpemente
de los sueños al sueño compartido
y las cosas recobran su debido
y esperado lugar..." (Jorge Luis Borges: El despertar)

Pero, más allá del sueño compartido, del automatismo y la creación con la que se construye cultural y socialmente la cotidianidad, descubrir el misterio de la vida, una actividad inteligente organizada que se crea y ordena, es una habilidad. Y, conocerla es, en definitiva, un arte, si bien acercarse a un enigma implica desarrollar una comprensión intuitiva, es decir, una apertura al conocimiento que vaya más allá de la lógica. Esa forma de conocimiento sucede en la acción cuando esta se realiza plenamente. Nos referimos a la acción íntegra que transforma al individuo en artista. Esta se manifiesta cuando uno trabaja atentamente en diálogo con la materia receptora del sonido, con la textura y la luz en la plasticidad de la materia, con la intuición y la fuerza de la sanación en la curación, o también con el silencio y la cercana voz del otro en la comunicación. Y de esta manera, natural y armoniosamente aquel se expresa en el hacer, al unísono, con la información que dispone. Es ese creador, mujer o varón, disidente de lo ordinario, quien evoca un saber inédito y que expresa, más que al autor de la obra, el proceso, la dinámica de la inteligencia y la sensibilidad que se expresan en el acto, pues la capacidad del autor es finita, pero infinita la quietud de la belleza.

La acción es, asimismo, movimiento inherente e ineludible al mundo natural, a sus diferentes reinos mineral, vegetal o animal, así como a la naturaleza humana. El mismo universo ¿no es acaso un movimiento?, pues como reza La canción de Pan Kou: "La génesis del mundo es el ejercicio de su mente / Cuando su mente empieza a pensar, el mundo comienza a moverse". Si bien para los humanos, que vivimos con la certidumbre errada de un universo sensible y perecedero, la acción transcurre, las más de las veces, ritualizada en un contexto espacio-temporal, entre el devenir de un orden delimitado socialmente y el impredecible caos. Construimos incesantemente objetos y acciones con un para qué y para quién que legitimamos, y este hacer se fundamenta, precisamente, en la existencia de los opuestos y en la necesidad del logro de unas metas.

De la misma manera que los ritmos biológicos circadianos, los ciclos geológicos o la rotación de las estaciones es un movimiento cíclico del que participan los humanos -ya viviéndolo ya, ocasionalmente, desestabilizando lo natural- o, en otras palabras, una actividad en alternancia y secuencialidad que ofrece la posibilidad de cambio y retorno. Como es sabido, los distintos tipos de acción se manifiestan en los innumerables actos y sus resultados. Las acciones, sean instintivas, emocionales, físicas o ideales, se hallan relacionadas con la dinámica mental o con la actividad corporal. Pero, no se extinguen en sí mismas sino que engendran en su causalidad diversas y variadas consecuencias: similares, opuestas o de otra índole. Así, por ejemplo, la acción entrañable propicia la cercanía, la arrogancia produce la humillación, el egotismo conlleva la ignorancia o el desamor suscita la destrucción. Pues toda acción está conectada con la intencionalidad consciente e inconsciente, es decir, con lo que pensamos o sentimos y con los hábitos. Se retroalimenta y trae consigo su respuesta y sus consecuencias. Aunque en última instancia la acción humana es un impulso, un movimiento que no se puede impedir, ni controlar sus efectos y que frecuentemente perturba competitivamente el mundo. Un devenir que se proyecta hacia un futuro y se dirige, fundamentalmente, a la conquista de las cosas del mundo empírico.

Nuestra existencia desde el nacer hasta el morir es una constelación de vivencias, conscientes o no, jalonadas por los innumerables mundos de la acción. Esta se halla conformada por infinidad de aspectos de carácter individual, colectivo, arquetípico, etc. Además, las pautas sociales y culturales estructuran, fomentan y sobrevaloran, sobre todo, el protagonismo de la acción individual. La disociación entre acción y actor, y el hecho de convertir al individuo en epicentro de la acción, suscita la tensión de tener que soportar la propiedad de ella con todas sus consecuencias. Sin embargo, la refinada idea de la acción sin esfuerzo, el wu-wei de la filosofía del tao, es ajena a la mentalidad actual. Para la mentalidad occidental, despojarse de la autoría psicológica del acto o atravesar el mundo del hacer sin que uno haga, constituye todo un reto cuando la acción está tan adherida al deseo y al hábito. Esta idea es para el individuo actual cuanto menos extraña, faltarán entre ellos quienes permitan que su corazón, mente y cuerpo resuenen como única fuente de su acción.

Asimismo, el individuo, se encuentra obligado y acostumbrado desde la infancia a secundar, acatar y cumplir o transgredir los códigos éticos, y ello inducido por las diferentes morales que se basan más en el temor que en el entendimiento de la naturaleza humana. La dinámica moral comporta que la acción quede condicionada y sujeta a las diferencias y fronteras que se establecen bajo las formas del bien y el mal, lo verdadero y lo falso..., y de esta forma, la conducta queda dirigida y sujeta a las diversas normas, leyes y pautas políticas, religiosas u otras, que se mueven en la relatividad de los valores que cada quien esgrime. De esta manera, la acción queda categorizada, marca un límite y se cumple o infringe mediante la voluntad y el esfuerzo. Un tipo de conducta bien distinta de la levedad del hacer sin sujeto psicológico que responde al ahora y, por lo tanto, está ausente de la memoria del pasado y de la perspectiva del futuro. Siendo así como la acción se convierte en certera y cobra eficiencia. Por ello, en la medida en que el individuo toma conciencia del esclarecimiento y la comprensión que otorga la acción espontánea, la reacción se torna natural y ecuánime ante aquello que hay que reaccionar en ese preciso instante.

Hacer, llevar a cabo, realizar la acción... Se trata, en última instancia, de darse cuenta del vínculo que se establece con lo que estamos haciendo, es decir, de la relación entre el actor y la acción. Pues, cuando el hacer es rutinizado creamos el universo de lo ordinario, ya que uno ha quedado encastrado en el refugio del hábito, es decir, la acción se lleva a cabo automática y mecánicamente. Pero cuando se abandona el mecanismo de la rutina lo que suele ser repetitivo desaparece y emerge la dimensión de lo extraordinario. Y esto acontece solamente cuando uno actúa de manera atenta, sumergido de lleno en la acción. Es precisamente este vaciarse de uno lo que se resuelve en realizar talentosa y magistralmente lo que se está haciendo. O como expresan las palabras de A.K. Coomaraswamy cuando habla en La filosofía del arte sobre el concepto del templo indio como altar u hogar en el que pueden realizarse ofrendas a una presencia invisible: "El sacrificio es esencialmente una operación mental, que ha de realizarse a la vez exterior e interiormente, o en todo caso interiormente. El sacrificio se prepara con toda la mente y todo el sí mismo del sacrificador. Por así decir, el sacrificador se vacía de sí mismo, y el mismo es la víctima real".

Entonces, la acción fluye, inasible, sin discriminación y se realiza íntegramente, No se fragmenta, y sin dicotomía se da en unicidad con el actor. Se encarna un proceso creativo coherente, un aliento rítmico atento en el que el actor es parte de la viveza del acto. Este hacer va más allá de la conjetura y de los determinantes culturales del empirismo y del logos racional. Constituye, asimismo, un arte natural, un saber natural en el que el hacedor-artista vibra y se funde en lo que se esta realizando.

 

Aitxus Iñarra 
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Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación

 
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