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El acto de comprender

 

 




Quien bien te quiere te hará llorar, así reza el dicho popular que, de esta forma tan singular, expresa y aprecia en un contexto, más de nuestros padres y abuelos, el valor del sufrimiento. Esta idea tan extendida, y hoy en día todavía vigente, hace referencia al aprendizaje vital a través del sufrimiento. Sin embargo, si bien es cierto que este se considera una vía contundente de aprendizaje, solamente producirá tal efecto, si quien lo padece lo comprende. En caso contrario, el sufrimiento resultará baldío. Por esta razón, podemos expresarlo mejor diciendo: quien bien te quiere te alentará a comprender.

La comprensión resulta ser una tarea difícil en un mundo que actualmente se construye complejamente momento a momento. Y, es que este se manifiesta cada vez más interactivo social y culturalmente, con menos referencias a las que asirse, menos cauces conocidos por los que transitar, superando y escapando al control del individuo. Las sociedades se muestran cada vez más caóticas, se propicia la constante creación del otro como enemigo, se estimula más que la reflexión un sinfín de fantasías, quedando atrapado uno en emociones incontrolables, se estimula perseguir una seguridad inexistente y una felicidad imaginada.

Enfrentados o adheridos como estamos a dogmas, creencias o las verdades de cada quién, todo ello queda en suspenso y decae cuando sobreviene un acto de comprensión. Comprender, darse cuenta profundamente de algo fractura la visión ordinaria volviéndose inteligible algo que no lo era. Es entonces cuando la frontera que acotaba las formas fragmentadas del pensar, el sentir y las pautas comportamentales son reemplazadas por un nuevo sentido, natural y fecundo, que dignifica al individuo y lo eleva, desalienándolo de la ignorancia.

La comprensión se expresa en diferentes niveles. Así, la encontramos en la dialéctica y el análisis de un problema. Pero, además de este proceso preliminar se puede dar una apertura mayor en el momento en que hace acto de presencia la reflexión o la intuición. Entonces podemos decir que más que alcanzar uno la comprensión, ella te atrapa. Y en ese instante uno se sustrae de la autoría y de la exclusividad de la comprensión, pues saber solamente puede suceder comprendiendo. Es entonces cuando el individuo se humaniza, y se pasa de la carencia de conocer a una perspectiva o a un universo en el que se aprecia lo que estaba oculto.

Conocer, en el sentido de tener compresiones conlleva un proceso de desidentificación con el mundo de los objetos limitantes en el que uno está inmerso y lo ha creado. Comprender es la reelaboración novedosa, posible y lúcida que entraña el discernimiento de lo que realmente es. Solamente así es posible vislumbrar lo que antes no era posible. El acto de comprensión se puede producir cuando cesa toda la agitación mental. Y es en el vacío mental, en un acto de sorpresa, cuando la rigidez del pensamiento cae ante lo inesperado. Milton Erickson, psicólogo y médico e impulsor de la hipnosis terapéutica, lo ejemplifica de la manera siguiente:

Erickson se hace cargo, ante el requerimiento del decano, de un alumno muy brillante en psicopatología y muy interesado en prácticas con el microscopio, pero mordaz y sumamente hostil con los psiquiatras. Erickson se presenta el primer día de clase a sus alumnos diciéndoles que él no era como los demás profesores, médicos que pensaban que los cursos que dictaban eran los más importantes de la carrera, pues no pensaba una tontería como esa. Él simplemente sabía que su curso era el más importante de todos. La clase lo acogió con simpatía. Y continuó proponiéndoles la siguiente tarea: "A aquellos alumnos que apenas les interesa la psiquiatría les ofreceré un listado de cuarenta textos para leer; a los que tengan bastante interés les daré un listado de cincuenta textos; y a los que estén verdaderamente interesados les daré unas sesenta lecturas adicionales". Luego les pidió un resumen sobre un cierto compendio de psiquiatría para entregarlo el lunes siguiente. Cuando llegó ese día el alumno que odiaba la psiquiatría le entregó una hoja en blanco. Erickson le dijo: "Sin leer el resumen, puedo advertir que ha cometido dos errores, no le ha colocado la fecha ni lo ha firmado. Por lo tanto, lléveselo y entréguemelo el próximo lunes. Y recuerde: hacer el resumen de un libro es como describir preparados microscópicos". El alumno hizo uno de las mejores reseñas del manual. Cuando le preguntó el decano como lo había hecho, le respondió: "Le había tomado totalmente por sorpresa".

La comprensión lo inunda todo, forma parte de todo, de lo más claro a lo más intrincado, pues incluso ahí está, explícita o clandestinamente, detrás del problema más arduo e irresoluble. Además, las formas de aprender y comprender son incontables, aunque realmente una forma útil de aprendizaje es asumiendo nuestros límites. Pero, también es cierto que la comprensión va más allá de la norma, de lo dictado y de los propios límites, siendo el acto de discernir la más alta forma de conocimiento de un individuo. Comprender, conocer profundamente, crea nuevos marcos de referencia inusuales. Así, por ejemplo, se puede creer que el mundo está ahí afuera, distante de uno mismo, pero también se puede pensar que el mundo es información en interacción, una interacción de sujeto y objeto que se construye desde la yoidad, la voluntad y la representación. Sin olvidar la memoria. Tal como le ocurre a Harold, el jubilado de Rachel Joyce que en El insólito viaje de Harold Fry se echa al camino con lo puesto impulsado por un motivo abstruso, y el universo que le sale al paso lo va trasladando de una percepción alienada de sí mismo y su entorno al descubrimiento palpitante de su biografía y cuanto le rodea.

La comprensión no es únicamente una herramienta para conocer sino que constituye la base y la trama que teje los actos humanos, el pensar y el sentir. Incluso en la ignorancia más cerrada que genera conflictos de toda índole, se halla oculta la fuerza de la comprensión, inhibida en este caso, en el individuo que la ignora. Comprender es una fuerza que a diferencia de poseer, exclusivamente, información, marca un punto de inflexión, ya que a partir de ese momento se trasciende el nivel de conocimiento que se tenía sobre algo, sobre alguien o uno mismo.

¿Qué es lo que dificulta que haya una disposición mental proclive a la comprensión? o bien ¿qué es lo que anuda e impide el acto de comprender? Los seres humanos nos comportamos con los años más por el automatismo y el hábito que por el acto de saber. Nos resulta costoso liberarnos del obstáculo para poder comprender, y en definitiva, para aprender. La comprensión y la disposición al aprendizaje en el ser humano es, además, el epicentro del desarrollo humano, teniendo especial relevancia en determinados periodos sensibles, sobre todo en la infancia, en donde se asientan las bases de su personalidad. En ausencia de la comprensión el aprendizaje no es posible, pues en lugar de la certeza del saber aflorará la duda, la asunción o la obediencia ciega a una opinión o creencia dada o impuesta por el otro. Comprender otorga orden mental, junto a entereza y confianza en uno mismo. Poder comprender es darse cuenta de las diferentes realidades cognitivas con las que construimos los diferentes universos y es la mejor, leal, aliada para legar a nuestros hijos.

La cuestión es cómo alentar la comprensión desde la infancia, si hay un modo de propiciar esa disposición mental, si es posible no impedirla en la educación bajo el pretexto de la eficacia y la sostenibilidad del sistema. La educación mira al mercado laboral y de esta manera filtra, fragmenta, seria y jerarquiza la actividad educativa en contenidos, materias, competencias... Sin embargo, la comprensión no es posible implantarla, pues no se puede legislar sobre ella, ni se la puede trocear, aunque ella esté presente en todos los contenidos y las materias de las humanidades, el arte y la ciencia.

Llevar a cabo una empresa de tal magnitud no es posible si quien educa no es proclive, ni sensible a ella, pues en tal caso más que promoverla la silencia. Es claro que quien educa, padres o profesores, necesita anhelar el saber. Solo así la comprensión se revela y se alienta a ella cuando se educa. Solo entonces el educador, amante del saber, toma conciencia de lo que es comprender, discernir, y de forma espontánea puede abrir y estimular la mente y el corazón del alumno.

 

Aitxus Iñarra 
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Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación

 
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