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El hijo del hombre
 

 


Tenía prisa. Como siempre. La verdad es que no recordaba ningún otro estado de las cosas; el tiempo era para él ese tren que para lo justo en cada estación y emprende de nuevo el vuelo sobre las vías del deber. En cada cambio de agujas no había duda ni vacilación: el tren simplemente seguía el camino marcado sin aminorar su marcha. El pitido rugiente que llenaba todo de rojo, de la espuma densa que era esa vida a ritmo de paso a nivel y de túnel, cruzando el páramo una y otra vez sin reparar en gestos, olores, miradas.

Se puso los zapatos de piel lustrada y de suela fina de cuero con los que rodaba ferozmente por los raíles de la jornada, deslizándose de una estación a otra emitiendo los humos grises que solamente las mentes más prácticas y sesudas saben generar a cada recodo del camino. Su mejor traje. La corbata azul. Las gafas oscuras. Todo en su sitio, pulcramente expuesto en esos grandes almacenes de limpieza aséptica que eran su armario. Tengo que ir a A. Después a B. Comer con C. Aguantar a D.

Don Alguien salió a la calle.

El mundo puede ser muchas cosas; desde un vuelo de pájaro a un ladrido de perro, una rama agitada por el aire o un caballo de cartón olvidado en el desván. Y suena a sinfonía cuando llega tu amigo y a marcha fúnebre cuando se va. Y es mezcla de fuego y tierra y también de aquello que nunca pasó pero que recuerdo como si fuera mañana. Hay calor en la tarde que languidece y color en la pared que resplandece al sol del mediodía. El aroma de los melocotones maduros y de las moscas que bailan al son de los tomates que vieron tiempos mejores: la banda sonora que juguetea con la luz reflejada en el espejito que usa doña Mercedes para empolvarse la nariz y conservar el recuerdo bello de aquello que nunca fue.

El mundo también puede ser ese espacio incómodo que hay que cruzar para ir de X a Z, un trámite engorroso para el que hay que enfundarse el disfraz de alfil que arrasa rabioso el tablero para acuciar a la reina. Puede ser blanco y negro; grande o pequeño; bueno o malo; la nube se convierte en engorro. El sol, en fastidio sudoroso y maloliente (¿cómo convenceré a L para que haga M?). Puro proyecto en movimiento, determinación que usa la carne y el hueso como soporte para seguir fotocopiándose una y otra vez. El gran Templo de la Eficiencia puesto a andar, demasiado importante para dejarse embarrar los zapatos por los charcos donde juegan los niños (debo comprarle un regalo de cumpleaños a F) o por la charla cotidiana del conserje o el frutero que siguen, inexorablemente, hablando de las mismas estupideces de siempre.

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Hoy Doña Alguien se ha despertado madre. Tras la estela mecánica de pitidos que su despertador prodiga cada mañana, su mente ha pasado de los sueños confusos en alta mar, mezclados inexplicablemente con extrañas imágenes que su moral consciente prohibiría, a erigirse en el bastión protector de tres polluelos indefensos. De 0 a 100 en tres segundos y medio. Desde la cama que ahora abandona de un salto, puede sentir los vínculos mágicos que la unen a los suyos a través de paredes y mundos si fuera preciso. Se siente sobrepasada y hay un agujero incómodo en su interior que no acaba de reconocer. Sin embargo, sabe bien cómo llenarlo. Se deleita en cuidados, caricias, gestos; en amor que, la mayoría de las veces, se encarna en sufrimiento y preocupación. En su momento tomó todas las precauciones y guardó la semilla con sumo cuidado, preservó el fruto que acabó confundiendo consigo misma. Tiempo después, la trampa invisible la había encerrado en una burbuja de paredes de sabor acre, con esa textura tan propia del reproche, del color gris de la vida a medio cocinar. Creyó entregarse a los demás y acabó regalando su existencia al personaje que, de niña y también de joven, había jurado que nunca encarnaría.

Tengo que ir a D, recoger a J y a H, pasar por S y hacer la cena.

Lo que más le duele es que su entrega no es reconocida como debiera. Doña Alguien se siente agua que ha dejado de ser ola mientras los suyos siguen rompiendo alegremente contra las rocas. En el giro eterno de las estrellas, ella se ha convertido en una luna que muestra una cara luminosa pero que esconde su cara oscura. Y esa cara pesa, y cada día pesa más. A punto del colapso gravitatorio que está a punto de convertirla en el agujero negro que lo engulla todo, no tiene más remedio que tragar saliva y continuar con la función. Prepara los zumos de naranja. Recuerda recoger la chaqueta de la tintorería.

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Hace un tiempo, tuve la suerte de cruzar mis pasos con una persona de lo más singular. Era otoño, la calle estaba cubierta de hojas de platanero, la acera era una alfombra de crujientes formas marrones que abrazaban cada pisada con ese cuidado tan especial que nace de todo aquello que sabe esperar. Las manos en los bolsillos  del gabán y el paso rápido en esa hora de la tarde en la que el cielo carmesí anuncia una noche fría. El vuelo de un grupo de cotorras a ras de suelo, apresurándose a buscar el nido que las guarezca esta noche. Coches envueltos en faros multicolor, cabezas bajas y respiraciones vaporosas entre cuellos altos y bufandas. El aroma sutil de las castañas asadas y la promesa de un sillón, una manta y un buen libro me indicaron que era el momento de volver a casa. Y al doblar la esquina, una especie de fuerza misteriosa tiró de mí, los ojos buscando ese polo de atracción que me vencía irremisiblemente. A unos pasos, un hombre de aspecto corriente encadenaba un paso tras otro con ritmo parsimonioso, esa especie de cadencia que nace de la certeza absoluta, de la confianza total. Veía su espalda surcar la acera como el cuchillo del carnicero experto que atraviesa la carne sin malgastar una gota de energía. Caminaba en mi misma dirección y nadie parecía reparar en él.

Un hombre corriente.

Ciertas personas tiene un don especial para la danza; fluyen de una posición a otra balanceando su cuerpo al son de la música como si la fuerza de la gravedad estuviera a su merced, como si se hubiera diseñado pura y exclusivamente para que esos pocos elegidos pudieran desplegar sus alas por las pistas de baile. Un, dos, tres, pirueta, paso hacia atrás, flexión adelante. Danzarín y música cosidos el uno al otro, brisa y cometa que aúnan sus espíritus indómitos y que se sumergen en las aguas invisibles del azul profundo, siempre un paso antes del desastre, siempre un paso después del vacío. Esa cualidad propia de la carcajada que brota del silencio y que sabe morir escuchando su propio eco alegre en las cuatro paredes que la confinan. Volar, volar, volar ante todo, con la sangre y con el deseo, dejando atrás las palabras que lastran las alas y las suelas de los zapatos a los adoquines de la calle.

De repente, una necesidad imperiosa de acercarme a él me empujó a apresurar el paso. El suyo seguía ligero, libre, esos pies que husmean el tacto duro de la calle y que recogen la esencia del trayecto infinito sin necesidad de filosofías ni libros sagrados. ¿Quién sería? ¿De dónde venía? Sin duda sus pies habían recorrido las sendas infinitas que van y vuelven del Hombre y que dotan a los elegidos de ese transitar en el que parece que es el mundo el que gira mientras ellos permanecen quietos.

Le toqué la espalda. Se detuvo. Me miró con los ojos alegres del que no va a ningún sitio y se entretiene en los resquicios interminables de lo cotidiano. Solamente se me ocurrió preguntarle su nombre, a lo que él, con el gesto divertido y juguetón del que comparte un chiste privado, me contestó,

-Me llamo don Nadie, para servirle.

Y acto seguido emprendió la marcha, deslizándose de nuevo en los placeres que solamente conoce quien dejó volar su nombre tiempo atrás.

 



Gerard Oncins 
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