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Cuádrate, te he dicho

 

 

 

Hay algo en la educación que no sé nombrar que la hace a toda ella cuadrada… Será la rigidez, tal vez. ¿De qué? No sé. Hay algo profundamente esquivo en la educación…

Miro los espacios. Los espacios cuadrados. ¿Por qué son cuadrados (o sus variantes rectangulares) los espacios de la educación? Podemos pensar en el cuadrado como forma claustrofóbica del espacio. No sé. O como forma de la repetición. Una pared que es igual a una pared que es igual a una pared, y así hasta cuatro. Quizá esa repetición tiene que ver con la consigna de hacer trazos rectilíneos diez veces al día a los tres años, o pudiera bien ser que estuviera relacionado con la disposición permanente (o casi) del cuerpo en ángulo recto, o por qué no, con la imperiosa necesidad de un orden y una calma y un silencio ordenado. Los espacios son cuadrados siempre en educación (es verdad, a veces las mesas no, pero pocas), las pizarras, los patios, los baños siempre bajos, las ventanas siempre altas, las estanterías y los cuadernos. Cuadrados y rectángulos que se repiten en escalas diversas y que son, al fin y al cabo, todo cuanto abarcará la mirada recién estrenada del alumno. Lo que no sabemos es si es también cuadrada la cabeza del profesor, eso no lo hemos visto, aún. Pero lo que sí ya sabemos o intuimos, casi amedrentados, es que cuadradas resultarán las cabezas de los alumnos con el pasar de los años, unos diez tirando corto, y unos veinte si el chiquillo se prodiga hacia el éxito o el paro está muy alto cuando llegue el momento. Dirán que fueron las redes y el móvil y las pantallas varias que poblaron su infancia. Pero de la educación nada, de ella nada dirán. Seguirá cuadrada si es que sigue.

Miro la mesa rectangular en formación de a cuatro. Un dibujo de animal corona el centro neurálgico donde se arremolinan los lápices de colores (no, no son por si les apetece pintar, son para los trazos). No sería raro encontrar a una niña que a una pregunta cualquiera sobre su escuela nos respondiera con algo tan extraño como: <<clase de las ardillas, mesa cocodrilos, silla jirafa>>. ¿Por qué las cuadradas clases y sus correspondientes mesas tendrán nombres de animales?
A cada animal se le asocia un color, a cada silla una fotografía. No hay posibilidad de equívoco en la escuela cuadrada, todo está previsto y hay que confiar en que esa majestuosa actividad de los encuentros fortuitos no se producirá. Ante todo el hábito, las rutinas, los itinerarios conocidos y los días y las horas cuadriculados. La confianza y la seguridad del niño pequeño, nos dicen. Y la tranquilidad de quien, me pregunto.

Miro a la mesa a la hora del desayuno. Un desayuno programado, todos desayunan cada día lo mismo, por salud y para ser iguales, en alimentación al menos. Miro la mesa a la hora (casi todas las horas) de las fichas. Todos aprenden al tiempo las mismas cosas. Un trazo, un color, un número. El mes siguiente otro trazo (sí es cierto, horizontal esta vez), otro color, el siguiente número.

Miro desde esa silla con fotografía las paredes que miran los recién incorporados, trazos, números y unos personajes Disney pueblan con carteles cuadrados las paredes. Es para los cuentos, nos dicen. Cuentos contados para contar otra cosa. El cuento es lo de menos. La narración no está en el cuento. El lobo no se comió a nadie, pero aprendimos el color rojo y que la boca sirve para comer. A pinocho le creció la nariz por mentir, dice la canción: <<yo te digo la verdad, en la escuela jugaráaaas…>> es verdad, media hora diaria en un patio cuadrado con paredes de hormigón y nada más. Bien, con arena. Y sí, aprendimos con pinocho qué era una escuela y que eran todos aquellos espacios cuadrados. Eso sí lo sabemos ya. Como sabemos también qué es una niña y qué es un niño. Son muy fáciles de distinguir: ellas llevan falda y ellos pantalón.

Miro la fila de entrada y la fila de salida. El tren de los cuerpos uniformados y en formación, y el silencio. Vámonos hacia adentro. A nuestros espacios cerrados y cuadrados de tranquilidad y aprendizaje creativo. Vámonos a ese lugar mágico de los cuentos sin historia y sin acción y sin terror, en los que nada ocurre pero que nos enseñan tanto. Vámonos ya a nuestras fichas y nuestros cuadernos ordenados, coloreados del color correspondiente y no otro, sin salirse de la raya y con líneas bien rectas, verticales y horizontales, y que hicimos de arriba abajo un día y de abajo a arriba al siguiente. Vámonos a almorzar nuestro zumo saludable de agua y concentrado de fruta con azúcar. Vámonos en fila a la clase de las ardillas, mesa de los cocodrilos, tercera silla a la derecha de la jirafa según se entra. Cantemos buenos días y hay que compartir todos y todas a la vez.

Y aún así, qué tranquilos nos quedamos ante tanta previsión. Y aún así, decía, me quedan algunos interrogantes acerca de esa totalidad cuadrada que es la escuela. ¿Qué exactamente hay que compartir y cuándo? Y sobre todo, ¿Qué se piensa en la silla de pensar durante el rato en que uno está pensando por hablar cuando no toca? ¿Tiene también nombre de animal esa silla?, el perezoso, por ejemplo… ¿Es la silla de pensar un castigo o un merecido descanso de trazos? ¿O quizás un permiso velado para la ensoñación? ¿Por qué dicen todos los que allí estuvieron que sí, que efectivamente pensaron, pero nunca pueden contarnos en qué exactamente? Mágica silla de la que todos vuelven en silencio.

Un poema. Aprenderse un poema. Repetir el poema. Copiar el poema. Pobre poema… y ¿Quién lo escribió? Y ¿por qué escribiría ese poema y qué querría decirnos? Ah… quien sabe, eso no toca… eso habrá que memorizarlo en la competencia 43 de cuarto…

Y Milagro. Todas las competencias han sido adquiridas. 56 en total en el transcurso de tres meses. ¿Cómo? Eso no lo sabemos. Pero ahí están, a libre disposición del educando y para el resto de sus días. El rojo es el rojo y jamás hubo un lobo malo.

 

 

Rosa Marí Ytarte 
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