Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


¿Qué debemos hacer?
 


¿Qué debemos hacer?
He oído esa pregunta a alguien, hace muy poco, en relación con la actitud que debemos adoptar ante la actual situación del mundo, globalizado en manos de una élite de poderosos que suman a su incompetencia evidente una bajísima catadura moral y que pueden llevar a toda la Humanidad a un devenir de consecuencias irreversibles, caracterízado por la explotación de los pueblos, la pobreza creciente, la injusticia social y el desastre ecológico.
Todo parece querer indicar que estamos ante un cambio de era, algo así como la caída del Imperio Romano, solo que ahora de alcance mundial. La tan anunciada “Era de Acuario” ha resultado ser, por ahora, una promesa risueña e ingenua de los movimientos más o menos “Nueva Era” de hace unos años y se ha visto desmentida por las directrices marcadas por la cadena de mando que gobierna el mundo desde hace unas décadas: Reagan-Thatcher, Bush padre, Bush hijo, Obama (De hecho, igual que los anteriores, decepcionando todas las expectativas que había suscitado), Angela Merkel y otros “héroes locales”, de los que aquí sabemos mucho (Valen, como ejemplo ilustrativo, tanto los de un signo político como los del otro). Todos ellos, en su conjunto, no son más que los sicarios de un poder económico que no está dispuesto a respetar nada con tal de alimentar su desmedida e hipertrófica ambición de poder.
A veces parece que estamos leyendo los primeros capítulos de una de esas tópicas novelas de ciencia-ficción en las que el mal se ha apoderado del mundo y solo un exiguo grupo de disidentes malviven, oponiéndose a la tiranía del nuevo orden.

Ante todo esto, la pregunta ¿qué debemos hacer? parece cobrar urgente actualidad. Pero ¿qué debemos hacer? no es una pregunta nueva. Se la han hecho a lo largo de los tiempos todo tipo de personas: gente de “a pie”, pensadores de gran talla y muchos políticos y gobernantes honrados, que también los ha habido (Aunque en estos momentos nos resulte difícil creerlo)
De hecho, la situación de injusticia y de explotación del ser humano por el propio ser humano ha sido, por desgracia, el “leit motiv” de las relaciones económicas, sociales y políticas y por ello ha habido siempre gente que, en busca de su propia coherencia interna y por aportar su granito de arena (O su decisiva contribución, según su posición en la escala del poder), se planteaban la pregunta ¿qué debemos hacer?

En épocas históricas recientes, el genial escritor León Tolstoi se la hacía constantemente, con el perseverante propósito de ser un hombre justo en una Rusia oprimida por el zarismo y la nobleza feudal, a la que él mismo pertenecía con gran incomodidad, frente a un campesinado reducido a la condición de esclavitud, miseria, hambre y degradación.
León Tolstoi tuvo escaso éxito en encontrar una respuesta completa a la pregunta y menos aun, incluso, en llevar a una realización práctica soluciones derivadas de ella:
Los campesinos a los que él mismo había manumitido le miraron siempre con recelo, su proyecto de crear una escuela pública para los pobres acabó con una orden de cierre por parte del gobierno, que juzgaba subversivo su intento de salvar del analfabetismo a las clases desfavorecidas y su familia mantuvo un permanente litigio con él por cuestiones de herencia, temiendo ser desheredada en favor de los menesterosos. Su último refugio, una isba casi miserable en medio del bosque, donde vivía solitariamente, parecía más una huída hacia ninguna parte que el hallazgo final de una vida feliz. Su propia muerte, en circunstancias dramáticas, no acudió a liberarle de su permanente desazón en su esfuerzo incansable por acertar con la respuesta a la pregunta ¿qué debemos hacer?

No era, ciertamente, la Rusia zarista un paraíso de justicia social. Las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población eran abominables. Hoy podemos decir que algo hemos avanzado hacia una situación mejor, al menos en los países llamados desarrollados. Pero es posible, por todos los indicios, que estemos iniciando una vuelta atrás. No se puede saber nada a ciencia cierta; no podemos tener perspectiva histórica,

Si ahora cambiamos la perspectiva histórica, que no nos orienta demasiado, por un enfoque basado en la evolución de la especie humana, si el vértigo no nos impide saltar de una escala de medida en años, décadas o, como mucho, siglos, a otra en que situemos los avances o retrocesos en un paleo-calendario de milenios y millones de años, si no nos dejamos arrastrar por la necesidad de inmediatez de análisis y no nos parece que ir tan lejos es “perderse en filosofías y especulaciones”, se nos ocurre que la Humanidad está (Y siempre ha estado) “donde le toca” en el inexorable devenir de la especie y aún del cosmos. Y en ese devenir de la especie, parece que “no hay atajos”: Estamos donde estamos, de la misma manera que el Australopithecus Afarensis estaba, en su día, donde estaba: en Etiopía hace tres millones y medio de años. Pretender que un individuo de la tribu de los Australopithecus Afarensis cambiase de salto las condiciones sociales de su tribu, haciendo una pirueta por encima de su evolución como especie y se preguntase ¿qué debemos hacer? por ser coherente consigo mismo, y que llegase a proponer un cambio en el seno de la horda primitiva, erradicando, por ejemplo, el canibalismo, es simplemente surrealista.
De la misma manera, el ser humano evolucionado, el Homo Sapiens Sapiens, con más consciencia que su presunto antepasado Australopitecus, sigue insertado en su estadio evolutivo presente, sin poder dar saltos ni recorrer atajos en la aventura evolutiva.
Es bastante desazonante estudiar la vida de una manada de chimpancés bonobos (Compartimos con ellos el 98,50 % de nuestros genes) y reconocer en su comportamiento individual y social todas las claves del nuestro propio. Cierto es que la superior consciencia del ser humano le impulsa a interrogarse con una cierta lucidez sobre su situación y sentido en la vida y sobre una hipotética siguiente escala en su evolución: Por eso aparece, en medio de sus inquietudes y de forma clara, la ya tan repetida pregunta ¿qué debemos hacer?
Entre los chimpancés bonobos y entre los Australopithecus Afarensis esa pregunta no se había planteado nunca.

Desde que el ser humano ha sido capaz de filosofar y crear religiones, llevando sus impulsos subconscientes hacia dialécticas más racionales que en la fase intuitiva del animismo-chamanismo e, incluso, de la etapa mítica, el intento de reformismo social – y de búsqueda de salvación individual interior, porque ambas van muy juntas - aparece bajo la forma de ideologías políticas ya consolidadas sobre un racionalismo cada vez más cerrado, que alcanza su cénit a partir de la Revolución Francesa, con la entronización de la Diosa Razón. Hasta la Iglesia experimenta su última desnaturalización, no por formar parte de las estructuras de poder – Siempre había estado formando parte del poder, o apoyándolo o sirviéndolo -. sino por traicionar su vocación de transmitir el misterio y por construir una teología lo más acorde posible con la lógica y con la razón, que ya no admitían, a partir de un determinado momento, nada que no estuviese conforme con ellas mismas. Así la Iglesia intenta una “homologación” con las corrientes racionalistas, especialmente en los países protestantes, en los que la tecnología, la productividad y el triunfo material son la guía de la sociedad respetable.

La pregunta sigue ahí: ¿Qué debemos hacer?
La persona a la que recientemente le oí hacerse esta pregunta, añadía a continuación otras dos preguntas más, de carácter retórico: ¿Debería estar todo el día manifestándome en la plaza pública en protesta por la indecencia generalizada que rige el mundo? ¿Debería retirarme a hacer meditación a una cueva solitaria?
Está claro que excluía, al menos, otras dos alternativas posibles: La de la lucha armada y la solución de carácter “buenista” por la vía de las ONGs y altruismos similares.
Además – añadía – no puedo vivir en esta incoherencia; viajo por el mundo en aviones, que despilfarran y polucionan, vivo en un mundo desarrollado aceptando su consumismo…

¿Qué debemos hacer?
Si somos sinceros, veremos que la pregunta encierra, en gran parte, una pulsión del ego, sin ninguna duda: Uno se pregunta, en realidad: ¿qué debo hacer YO para contribuir a arreglar el mundo y para “arreglarme” a mí mismo? Porque, mientras tanto, YO así no me encuentro bien; mi EGO no está contento con que YO no haga lo que tengo que hacer para poder aceptarme a mí mismo, reconociéndome, al fin, como una persona coherente y un miembro cabal de la Humanidad.
Pero no todo es un impulso egoico en el deseo de dar respuesta a la pregunta ¿qué debemos hacer? Un anhelo puro que nace de lo más genuino de la profundidad del ser busca su realización y su alineamiento con la armonía de la totalidad.
Y nos debatimos entre el impulso egoico y la auténtica búsqueda de la auto-realización.

Decía antes que el “leit motiv” de las relaciones humanas ha sido siempre la explotación de unos por otros, pero está claro que, en términos generales, no obstante lo anterior, muchas personas, instituciones y sociedades más o menos locales han dado buen ejemplo en el camino de lograr una sociedad más basada en lo profundo del ser y más espiritual. Buda, Lao Tse, San Francisco de Asís, Gandhi, son unos pocos ejemplos entre los muchísimos que ha dado la historia.
Entre las propuestas de Jean-Jacques Rousseau – El hombre es bueno por naturaleza – y de Tito Macio Plauto, luego recogida por Thomas Hobbes – Homo homini lupus - , hay un abismo de opinión y percepción que, sospecho, no resulta tan sorprendente hoy día, cuando, a pesar de los malos vientos que corren por la globalización materialista, superficial, alienante y explotadora que padecemos, por razón de esa misma globalización, vemos las cosas más en su conjunto: Vemos lo mejor y lo peor a la vez y, por primera vez, lo vemos a la vez en todo el mundo. La misma perspectiva de la historia, mejor estudiada que nunca, es, hoy día, más amplia y abarcante. Hoy sabemos, con más claridad que nunca, que somos capaces de lo mejor y lo peor a la vez. Y eso no es “la grandeza y la miseria” del ser humano, como se dice, a veces, en expresión retórica, sino que “es simplemente así”. Y no es de otra manera. No pensemos en “otra manera”. Porque lo que “no es”, no es, y no sirve ni como término de comparación.

Estamos donde estamos.
¿Y la evolución en términos de especie?
Esta claro que hay una evolución de la especie, pero ¿vamos “a mejor”?
Si es evidente que, en términos históricos, ha habido un cierto avance, que ahora podemos perder, la realidad es que apenas “nos movemos” y solo podemos esperar el cambio de verdad en términos evolutivos. Pero ¿qué podemos esperar de esa evolución?
El darwinismo y el neo-darwinismo proponen que nuestra evolución (y cualquier otra) es el resultado aleatorio-adaptativo de una selección ciega.
Por el contrario, los creacionistas, casi todos pertenecientes a la más cazurra ultraderecha estadounidense, proponen una hipótesis finalista, según la cual, la mano de Dios ha producido cada especie existente “ex nihilo” y esa misma providencial mano nos conduce hacia nuestro fin y objetivo, por lo que la evolución ya está trazada por el Omnipotente.
Sin caer en el absoluto acientifismo iletrado de los creacionistas, que niegan evidencias comprensibles incluso para gente poco ilustrada, a poco que se las expliquen, Theilard de Chardin, propuso en las décadas los 50, 60 y 70 que la evolución humana se encamina hacia el logro de mayores niveles de complejidad y, simultáneamente, al logro de mayores niveles de conciencia. De hecho, según las teorías de Theilard de Chardin, habría una meta de la evolución a la que denomina el Punto Omega y al que define como “una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia”. Theilard de Chardin está poco en auge actualmente y, en su momento, fue combatido por la Iglesia a la que pertenecía (Era jesuita).
No obstante la poca seriedad de las teorías creacionistas, ¿no se intuye un cierto vector de evolución que dirige el devenir de la especie hacia un mayor perfeccionamiento social y espiritual? ¿Habrá una etapa definitivamente espiritual en la evolución más avanzada, tal como sugieren las últimas secuencias de “2.001, una Odisea en el Espacio” de Stanley Kubrick- Arthur. C. Clarke? ¿Qué sentido tiene el que ciertos impulsos interiores del ser humano parezcan ser inherentes, en su obligatoriedad, en su necesidad por sí mismos, a una condición interior del ser humano tendente hacia una posición más ética y más respetuosa con la autenticidad propia y en relación con todo? (Imperativo Categórico de Kant). ¿Tendría algún sentido este principio ético absoluto si no existiese ese vector evolutivo?

Alguno dirá: “¡Pues vaya un consuelo, si todo lo fiamos a tiempos evolutivos que ni nosotros, ni nuestros hijos, ni los hijos de nuestros hijos, van a ver!”. Nada de esto da ninguna respuesta a la pregunta ¿qué debemos hacer? Quiero que me digan qué debemos de hacer nosotros, qué debo hacer yo”.

Mohandas Gandhi, antes de poner en marcha su compromiso y su acción con la no violencia, la desobediencia civil y la lucha pacífica por las libertades de su pueblo, reflexionaba constantemente sobre lo que León Tolstoi escribía por entonces (Especialmente sobre “El Reino de Dios está en vosotros”), recibiendo una reconocida influencia del autor ruso, así como de postulados del Cristianismo pacifista, los Upanishads hindúes (El término “ahimsa”: no violencia) y los ensayos de Henry David Thoreau y de John Ruskin.
Gandhi, finalmente, después de sintetizar todas sus influencias recibidas y añadir su propia vivencia personal, inventó el neologismo “Satyagraha”, como base y principio de su movimiento de liberación pacífico y escribió:
“Un hombre satyagrahi obedece las leyes de de la sociedad con inteligencia y por sus propios deseos de hacerlo, porque considera que constituye su deber sagrado hacerlo. Únicamente cuando una persona ha obedecido escrupulosamente las leyes de la sociedad está en condiciones de juzgar si alguna ley es buena o justa, o es injusta o perniciosa. Solo entonces tiene derecho a desobediencia civil con respecto a ciertas leyes, en circunstancias bien definidas”.

Parece inevitable encontrar en la Satyagraha gandhiana un parecido con otras fuentes de varias tradiciones (O, incluso una influencia clara de ellas), que proponen el llamado camino del “no hacer”: El Wu Wei (El no hacer Taoísta), el episodio de Arjuna y Krishna antes de la batalla en el Bhagavad Gita, el Samu (Trabajo con total concentración) del Zen, el Desatino Controlado de Carlos Castaneda o, incluso el Ora et Labora de la regla de San Benito.

Sin entrar en un análisis sobre estas citadas tradiciones, que podría dar lugar a un profundo ensayo de cientos de páginas, simplificando de forma bastante elemental, se podría resumir que la propuesta, tanto del Wu Wei, como de la prédica de Krishna a Arjuna, como del Samu, del Desatino Controlado o del Ora et Labora es : Trabaja con absoluta concentración en lo que te ha tocado hacer, de acuerdo con la normas y aún con las leyes de ese hacer y no te importe el objetivo que la acción persigue ni el contexto en que se desarrolla, sino la pureza de la acción misma: la “impecabilidad” en lo que haces. Hazlo “desapareciendo en la acción” mediante la concentración absoluta en la acción (“En todo lo que haces, no hagas nada” - ¡Pero no quiere decir que no hagas!; de hecho este camino del “no hacer” es un camino de gran actividad - , dice un sutra budista.)
Se trata de postergar al ego (No de anularlo, como se propone en algunas interpretaciones inexactas), para que la acción salga de lo profundo del ser, desde donde la acción es pura. Desde ahí, ese Yo Profundo incontaminado por el ego. actúa con libertad, sin condicionamientos, y ni su acción ni su pensamiento se atan a la cadena de causa-efecto (Karma). Eso sólo es posible desde la absoluta entrega a lo que “nos toca” hacer con total concentración y sin reparar en los resultados de la acción. Es, digamos, una “meditación en la acción” que se complementa con la meditación en la inmovilidad (Vipâssana, Zazen, diversas meditaciones del budismo tibetano, el Camino del Corazón del Sufismo, Hesicasmo de la Iglesia Ortodoxa, etc.) y, que, en cualquier caso, no parte de las ideologías habituales, creadas por la mente discursiva y, por tanto, del ego, con su permanente juego de luchas contra sí mismo y contra los demás y que produce auténticos círculos viciosos en los que cada acción fallida se retroalimenta de la anterior en una imparable rueda (Samsara)
Una vez conseguido el actuar desde el Yo Profundo, desde ese punto en el que se pueden abrir las puertas de lo místico y de lo inefable, puede iniciarse la auto-realización (Todas las tradiciones auténticas han enraizado el comienzo de la verdadera auto-realización en ese punto).
Y esta auto-realización es ya un factor determinante, en sí mismo, de que la evolución perfectiva se esté, de alguna manera, produciendo.
Cuando se actúa desde el Yo Profundo, el aplicar el sentido común, la capacidad de trabajo y la eficiencia se agudizan y amplifican, contrariamente a lo que, a veces, se enseña, presentando todo lo que huela a “místico” como si fuese un escapismo de la realidad y un eludir el compromiso personal y social. Todo lo contrario: desde ese punto de anclaje del Yo Profundo sí es posible elegir de forma cabal sobre la decisión a tomar: Aceptación de las circunstancias, desobediencia civil, defensa de posturas “políticamente incorrectas” e, incluso, entrar en combate, si circunstancias extraordinarias no permiten otra cosa.
Si hasta ahora estamos hablando de un camino de auto-realización y de encaje coherente en lo social al hablar del “no hacer”, dando un paso más, podremos aventurar que ese camino enlaza directamente con el lento progreso de la evolución, en caso de que admitimos que ésta sigue un vector de perfección y que, sin duda, los seres realizados que en el mundo ha habido, han “adelantado” ese camino. No ha sido suficiente el despertar de las personas auto-realizadas para acelerar el devenir evolutivo de la Humanidad, pero “por ahí debe de ir la cosa”.
No sabemos si, en medio de esta aparente degradación actual que asola al mundo, un trasfondo de inconsciente colectivo está “afinando” las consciencias (Y las conciencias) y más personas que las que imaginamos están por el camino del “no hacer” o están maduras para acceder al mismo. Por más que, observando nuestra sociedad, todo parece apuntar en sentido contrario, no sabemos lo que sucede en el inconsciente colectivo que, a lo largo de la historia, ha dado en tantos momentos puntuales un “salto cuántico”, creando nuevos paradigmas.
Si yo lo puedo hacer, ¿quién dice que miles, millones de personas no están ya también en ello?
Si no es esto “lo que debemos hacer”, no parece que haya ninguna otra cosa que lo sea.

 

 

Por Luis Zorzano
Enviar correo

 

 
Ir hacia arriba